La maravilla del alto Tajo: desde la laguna de Taravilla hasta el salto de la Poveda

El alto Tajo ha sido una zona desconocida para mí hasta hace relativamente poco. Después de bañarme en sus frías aguas y de patear durante varios días sus más recónditos lugares, mi opinión es que se trata de la maravilla acuática número uno de la provincia de Guadalajara.


El viaje desde Madrid, de no más de dos horas, transcurre por tierras donde el observador intuirá rápidamente que el agua no abunda en el paisaje. Sin embargo, a medida que llegamos al parque natural del alto Tajo, el panorama va cambiando hasta alcanzar una transformación maravillosa. Allí encontraremos más de 90 kilómetros de cristalinas aguas flanqueadas por enormes columnas de blancas y anaranjadas calizas y por densos bosques de pino rodeno. Todo ello vigilado por la atenta mirada del majestuoso buitre leonado. Casi nada. Al ser este un paisaje nuevo para mí, me dispongo a hablar de la ruta que une la laguna de Taravilla con el salto de agua de la Poveda, en pleno parque natural, con la ilusión que aporta el sentirse reciente descubridor de un maravilloso tesoro


Paisaje salto de la Poveda. Foto: Gabriel Mezger

Esta ruta de siete kilómetros de longitud comienza en la laguna de Taravilla, que ya es en sí misma una rareza de la que no me resisto a dar un par de datos curiosos. Esta laguna de montaña se encuentra a 1140 metros de altitud y su origen es mixto: glaciar y kárstico. Permanece cubierta de agua todo el año, su estado de conservación es excelente y su belleza es tan singular que ha sido escenario de varias obras literarias. Desde allí, siguiendo el riachuelo que conecta la laguna con el río Tajo, seguiremos una pista que desciende hasta la parte baja del valle. Al final de la pista nos encontramos con una bucólica pradera que conecta con la otra ribera a través de un precioso puente colgante, por debajo del cual fluyen las aguas turquesas del río Tajo. Una vez cruzado el puente, comienza la verdadera ruta: un sendero que nos llevará hasta el famoso salto de agua de la Poveda. Esta senda, estrecha, bien señalizada y con mucho más encanto que la pista que nos condujo hasta allí, serpentea a través de un bosque mixto donde se mezclan el pino rodeno y el pino laricio, acompañados en su estrato más bajo por el boj, cuyo característico aroma sin duda nos hará disfrutar aún más del paseo. A medida que nos aproximamos al salto de agua de la Poveda, el cambio en la vegetación es evidente y comienzan a aparecer las especies propias de un bosque de ribera bien conservado. Destacan los sauces blancos, los fresnos de hoja ancha y estrecha, los olmos de montaña, los avellanos y algún ejemplar disperso de mostajo.


Tras veinte o treinta minutos de marcha a buen ritmo llegaremos finalmente al salto de agua de la Poveda. Lo que encontramos allí es una imponente cascada y un antiguo azud abandonado que, aprovechando el desnivel natural del terreno, retenía las aguas del río Tajo con el objetivo de generar energía hidroeléctrica en una pequeña central. Antes de referirme con mayor detalle a esta particular infraestructura y a sus memorias, me parece necesario añadir algo sobre el contexto histórico bajo el cual se construyó.



Contexto salto de la Poveda y azud. Foto: Gabriel Mezger


Aunque la primera referencia de la aplicación práctica de la electricidad en España data de 1852, no es hasta inicios del siglo XX cuando se acomete la electrificación a gran escala en nuestro país. Con el acelerado desarrollo de la industria eléctrica durante la primera década del siglo XX, se construyeron multitud de nuevas infraestructuras para la generación de energía eléctrica. Sin embargo, la generación y transporte de esta energía en forma de corriente continua ligaba inevitablemente las centrales a los puntos de consumo. Esto se debe principalmente a que el transporte de electricidad en forma de corriente continua es tremendamente ineficiente debido a las pérdidas que se producen en el proceso. Este hecho explica también la proliferación de pequeñas centrales hidroeléctricas en respuesta a las necesidades energéticas de núcleos de población dispersos y aislados. Con la aparición de la corriente alterna, el problema del transporte a grandes distancias desaparece, permitiendo el desarrollo de grandes infraestructuras de generación. De esta forma, a finales de los años veinte la potencia instalada se había multiplicado por 12 hasta alcanzar aproximadamente los 1.500 MW (en el año 2018 la potencia instalada fue de 104.000 MW, es decir, 70 veces más). El dato es relevante puesto que el 80% de esa producción tenía origen hidroeléctrico, lo cual permite hacerse una idea del papel que jugaron nuestros ríos en el crecimiento demográfico, económico y energético de la época.


La central de la Poveda, que pretendía ser la tercera minicentral hidroeléctrica del alto Tajo y aun siendo algo posterior al periodo referido, data precisamente de esta época de acelerado crecimiento y de proliferación de infraestructuras para la generación de energía. Sin embargo, esta central no llegó nunca a generar un solo Kwh. Tras la construcción del azud que embalsaba las aguas para aprovechar su fuerza, se empezó a sospechar que existían problemas de permeabilidad en la infraestructura, seguramente debido a la naturaleza kárstica del terreno. El karst, típico de zonas de roca caliza es como un queso gruyère, con multitud de agujeros y galerías que favorecen el paso del agua. La prueba a la permeabilidad vino en forma de colorante. Se vertió sobre el río un fluido de color llamativo aguas arriba del azud y se esperó para ver si dicha sustancia aparecía aguas abajo de la infraestructura. Efectivamente así fue y la central fue abandonada antes de comenzar a producir. Lo que podemos encontrar hoy día son las ruinas de esta obra de ingeniería fallida, que poco a poco el agua y la vegetación van erosionando y cubriendo. Este pequeño relato nos permitirá disfrutar más aún si cabe la escena del río Tajo superando las paredes del azud y cayendo con tremendo ruido más de 20 metros hasta una enorme poza de aguas turquesas.


Esta experiencia en forma de ruta, en la que el acto de caminar y observar son los protagonistas, reúne varios atributos que en mi opinión la hacen digna de este artículo. Aúna paisajes de una belleza incalculable, una flora y fauna diversas y exuberantes, y crónicas de cómo se desarrolló la revolución energética de la primera mitad del siglo XX en España. La combinación de estos elementos tan especiales hace de este lugar un enclave cargado de magia y de historia que vale la pena conocer caminando.




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